A la Muerte

Foals – Spanish Sahara

0f2b92df593a6ae487fd948be11d6bf1Llevaba días ausente. Pensando en el futuro, en el pasado; en cualquier cosa que me hiciera olvidar el presente. Estaba inquieta, preocupada; asustada, en definitiva. Tenía ganas de volver, dar la vuelta y no mirar atrás. Ganas de frenar el tren, de bajarme en la próxima estación. En mi cabeza resonaba constantemente esa voz diciendo: ¡Hazlo!, venga, ¡hazlo!. Esa voz difícil de domar que habla sin parar, esa que tantas veces había logrado confundirme.

El tren marchaba. Mi mirada se desvanecía en el paisaje a través del cristal. Los altos árboles, las montañas nevadas, las casas de piedra, los prados verdes; se fundían en un mismo paisaje. Con cada parpadeo, con cada mirada, todo se volvía nuevo. Parece lo mismo, pensé. Pero no era así. Cada minuto que pasaba sentada en aquel tren, cada segundo, hacía de aquel, un nuevo momento. Una nueva oportunidad de ser alguien distinto. Una nueva oportunidad de hacer frente a aquello que tanto miedo me daba.

El tiempo allí dentro era frágil, a penas un susurro del viento. Se alejaba a la misma velocidad que lo hacía aquella máquina. El silencio era incompleto, falso; el chirriar de las vías lo alcanzaba coin facilidad.

Apoyé mi cabeza sobre la ventana. Sentí el frío sobre mi mejilla. Ahí estaba su reflejo sobre el cristal, mirándome. Aparté la mirada. Los pensamientos me asaltaron de nuevo. Los evité. Otra vez. Pasado, futuro. Cualquier pensamiento que me pudiera hacer olvidar lo que acababa de ver. De nuevo, el miedo recorrió mi cuerpo, paralizándome, congelando cada centímetro de mí. Tímidamente, volví a mirar hacia la ventana. Seguía ahí. Aquel reflejo espeluznante. Algunas lágrimas comenzaron a brotar de pronto. Miré a mi alrededor avergonzada. Vaya estúpida, pensé.

Dejé que las horas pasaran, al igual que los pensamientos que cada vez más se iban apoderando de mi mente. Comencé a temblar. El miedo era cada vez más fuerte. No sabía cómo enfrentarme a aquella cosa. No tenía ni idea. De pronto, una luz asomó entre las nubes. El cielo había estado gris durante todo el viaje. El sol no se había dejado ver ni un instante aquella mañana; sin embargo, allí estaba, sobre mi cabeza, iluminándome. Algo me habló entonces. Una voz. Una tenue pero decidida voz en mi interior estaba hablándome, quería decirme algo, quería que la escuchara. Miré al cielo, dejando que los rayos de luz me cegaran. Fue entonces, justo en ese momento, cuando pude oírla con claridad. “Todo va a ir bien”, me dijo. “No tengas miedo, todo va a ir bien. Todo está bien”.

Aquel reluciente astro volvió a desaparecer entre las nubes grises, las cuales, volvieron a dominar el cielo. Bajé la cabeza lentamente, asustada, con miedo de ver aquel horrible reflejo en la ventana de nuevo. Aun así, lo hice. Me armé de valor. Pensé en aquella voz. En aquel mensaje. Pensé en su significado. Había venido a mí justo en el momento en el que más lo necesitaba. Justo cuando pensaba que ya no podría luchar contra aquel horrible reflejo sobre el cristal. No había sido casualidad. Aquello. Todo. No había sido casualidad. Tenía que pasar así. Sí. Ahora lo sé.

Volví a mirar en el reflejo de la ventana. Ahí estaba. Sentada, en el asiento de mi izquierda, tranquila como siempre. Sonriéndome. Su mirada era cálida, tierna, tranquilizadora. Nunca antes me había atrevido a mirarla directamente a los ojos. Nunca antes había tenido el valor de hacerlo. Esos tiempos habían acabado.

La miré. Sonreí, por ella y por mí. Aquellas palabras me habían hecho entender. Entender la estrecha unión que siempre ha habido, hay y habrá, entre ella y yo. Entendí que no hay que temerla, si no amarla. Nunca me fue fácil entenderla, de hecho, hay días difíciles en los que seguimos sin entendernos. Y probablemente seguirá siendo así. Hasta que llegue el día en el que tan solo seamos uno. Hasta que ya no exista distinción entre ella y yo.

Hasta ese momento, probablemente seguiré asustándome cada vez que nos encontremos en el camino. Seguiré temiéndote cada vez que me cojas de la mano. Seguiré queriendo alejarme de ti. Seguiré volviendo la cara en cada reflejo para no verte aparecer. Sin embargo, hoy he aprendido algo. A aceptarte. A aceptar tu presencia en mi vida. A no reprimir mis sentimientos cada vez que te tema; cada vez que no sepa entenderte. No sé porque hoy, y porque justo en este momento, con el tren alejándose a kilómetros por hora de ese hogar que me hace sentir siempre a salvo; pero eso no importa realmente. Tenía que ser así, con eso me basta.

Sé que es una amistad que muchas personas no entenderán ni querrán hacerlo, supongo que no es algo sencillo. Supongo que no es fácil ser tu amigo, pero yo he elegido darte una oportunidad. Darte la oportunidad de que cada día me recuerdes la importancia del momento presente. De que me recuerdes la importancia de hacer lo que sienta; con el corazón. De hacer lo que quiera hacer. De vivir como elija vivir.

Gracias.

A la Muerte.


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